29 sept. 2011

El As de corazones



Después de un verano sin parar, mucho más largo de lo que estaba acostumbrada, descanso en una hamaca, saboreando los últimos rayos de sol que regala el atardecer, que ya traen pegados los aires de otoño y casi puedo oler, esa brisa húmeda que se me antoja cautivadora.

Cierro los ojos para recordar todas las vivencias acumuladas de estos días pasados, y me detengo en una de esas preguntas que tantas veces me rondan en mi loca cabecita: ¿Qué esperamos cuando conocemos a una persona del sexo opuesto?”

Eso, contando que el termino “sexualidad” tenga atado el anexo de “atracción, pasión, búsqueda de…”,- que ya es mucho suponer-, pues a decir verdad, la mayoría de las veces nos puede el hastío, la indiferencia, el “no querer comprometernos”, “no querer exponernos” o simplemente “no querer pensar”…pero…si al conocer a alguien, se dieran esos extraños elementos de “te gusta”, “le gustas”, y os lo decís, -“que ya es mucho decir también”-, después de ese primer encuentro ¿Qué nos queda?

Nada…bueno sí…el haber podido sentir ese palpitar que casi creíamos abocado al “encefalograma plano” de nuestro corazón (perdón a aquellos con conocimientos médicos), y tras ese “vip-vip” que nos confirma que estamos “más vivos de lo que nos parecía” nuestra experiencia a los pocos minutos nos susurra eso que tanto tememos: “estamos más muertos de los que nos gustaría”.

Y entonces solo somos cartas. Una partida que se juega con guiños, con rápidos movimientos de “cambio, dame otra”, con muchos ”bluff” (jugada para intimidar al resto de jugadores, basada en una apuesta exagerada o farol), donde la experiencia nunca sirve como “comodín”, y donde “ligar” como en el póker, es “cerrar” pero como en la vida misma, siempre gana uno y los demás pierden.

Y entonces con las cartas, podemos hacer “castillo de naipes” porque eso de soñar se nos da mejor que vivir el día a día; o podemos barajarlas, una y otra vez, en busca de la combinación perfecta de nuestra “escalera de color” particular, que nos haga creer que quizás un buen día las cosas sean más fáciles que decir “no voy”; y aunque hayamos perdido, seamos capaces de “reengancharnos” a la partida, porque -¡qué duda cabe!-, que un segundo de palpitar acelerado bien merece una apuesta arriesgada!

Aunque para ello, como bien me dijo una amiga, es preferible pagar unos euros, subir a una montaña rusa, gritar y dejar que tu corazón se acelere...que a efectos prácticos, la sensación es la misma y sin riesgo para los jugadores!

Feliz otoño! Y perdón por haber “pasado” tanto tiempo....

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un vuelo sinuoso