7 may. 2009

Verde Mar


Sucede en la vida, que muchas cosas que no se planifican, nos pueden sorprender gratamente. Es más, acontecen situaciones en las que todos hemos podido decir: “Vaya, no pensaba salir y me lo he pasado genial”- o “No quería ir a ese sitio y he conocido a alguien que me ha encantado”-.

La sorpresa, es una de las emociones internas que nos proporcionan más satisfacción.

Sí, tenéis razón, hay que puntualizar, siempre que sean buenas, pero incluso una situación inesperada, que no nos aporte cosas gratificantes, con el tiempo, seguramente sepamos que algo nos dejó. Y tener algo, aunque sean experiencias negativas, ya es mucho ¿no creéis?

La experiencia de la que os quiero hacer participes, es la de la ilusión de ver la sombra.
Sí, mi sombra proyectada y el verme gigante, porque así me sentía, es un momento de los que se clavan en la retina y se forjan en el alma.

No pensaba salir, era un día para descansar, pero el ímpetu por hacer cosas me movía con una intensidad que en ocasiones, me arrastra de una manera arrebatadora.
Miré la bici, que ha estado durante años sin darle uso, como tantas cosas atesoradas por el único hecho que pertenecían a Juan, y la aferré a mis manos, con la misma ilusión que lo hice hace un año, cuando tuve una primera toma de contacto.

Pensé que en nuestra existencia, muchas cosas se hacen como un paso iniciático, y que lo importante es, saber mantenerte en el camino.

Ahora, ese impulso no quería dejarlo y pedaleé sintiendo la brisa rodeando mi cuerpo, llenándome del calor del Sol, y sabiéndome feliz, porque redescubriría la vida.

Me sentía dichosa por los colores tan maravillosos que nos rodean y decidí pisar la tierra, nutrirme de la vida, oler los almendros que están madurando el fruto y dejarme arrastrar por el mágico baile que ante mí se gestaba con la siembra, balanceándose al son del viento.

Son momentos que están ahí, pequeños detalles que nos rodean, para regalarnos la lección más maravillosa: la vida se presenta ante nosotros, si queremos sentirla y valorarla.

Sonaba en mi cabeza una melodía…
No hace falta tener a tus pies a la Orquesta Filarmónica de Viena, basta con imaginar que la tienes, y entonces, sin esfuerzo, sus acordes resuenan en tu cabeza…y basta cerrar los ojos y dejarnos seducir por la grandeza de la creación: el viento abrazándonos, el susurro, sentirte menudo en mitad de la nada, y a la vez único porque LA VIDA se funde en ese minuto de existencia, y entonces, al abrir los ojos, al recuperar el sentido tan grato que es la vista, ahí estaban las olas verdes, moviéndose al son de la Sinfonía de Mozart nº 1 en movimiento andante…

Y entonces, además de la Orquesta, estabais vosotros, a los que quiero, a los que no olvido, los que poseéis una pequeña parcela de mi corazón por tantos y tantos momentos, y os dediqué un pensamiento...una devoción…porque ya sabéis, que el poder de la imagen, va más allá de una simple teoría.


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